Opinión

Zaplana: encarnizamiento judicial sin precedentes

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¿Puede un juez destrozar la vida de una persona? Sí, puede y, además, lo está haciendo. ¿Puede un fiscal excitar a su juez de cabecera para que ésta dañe la supervivencia de una persona? Sí, también lo está haciendo. ¿Puede la Audiencia Provincial de Valencia colaborar en este destrozo? Sí, lo está haciendo. Durante semanas, los que estamos denunciando el encarnizamiento judicial que sufre Eduardo Zaplana en sus ya enjutas carnes hemos aportado argumentos para conseguir la libertad vigilada. Pero no sólo ponemos sobre la mesa argumentos jurídicos, también recogemos los sucesivos informes clínicos suscritos por uno de los más acreditados hematólogos del mundo y especialista en esa corrosiva enfermedad de la sangre que se llama leucemia. La señora juez Rodríguez está demostrando que, como dice un abogado del Estado, viejo amigo mío el poder en España no está en el Gobierno, tampoco en vosotros los periodistas por más que os penséis reyes de la influencia, sino que está en los jueces de instrucción que deciden sobre lo más definitivo que tiene una persona: la libertad.

Pues bien, toda la presión –ella, la juez la define así– que se puede estar articulando para impedir que el preso preventivo Zaplana Hernández-Soro siga sine die en una siniestra mazmorra, a la señora Rodríguez, que, según me afirman, no es precisamente una podemita rabiosa, le trae absolutamente por una higa. Ella se cree o ‘El Guerrero del Antifaz’, que combate desigualmente en feroces batallas la corrupción que nos invade, o ‘El Vengador Justiciero’ que ha llegado para devolver la equidad a nuestra deteriorada Justicia. En consecuencia y, como advierte un preclaro juez valenciano que conoce, aunque ahora ya no reconoce, a la señora magistrada: “No hay nada que hacer, perded toda esperanza, no va a sacar a Zaplana de la cárcel, su cabezonería es ininteligible para ninguno de nosotros”. Es decir, de los jueces. Esta generosa cabezonería sorprende a tirios y troyanos en una persona que ha sido víctima de un cáncer del pecho afortunadamente ha vencido. Un tumor tratado por similares médicos a los que en este momento luchan por la vida de su paciente leucémico. En aquella terrible situación patológica, ¿la señora Rodríguez también se hubiera atrevido a discutir los diagnósticos de sus especialistas? O, ahora, en sus atolondradas diatribas contra el doctor Sanz, ¿cómo tiene la osadía de disentir de sus criterios clínicos universalmente aceptados?

Pues sí, esto es así, y por tanto como nada vamos a lograr, ¿debemos entonces renunciar a esa “presión” que, en opinión de la referida juez es tan insoportable como miserable? Desde luego este cronista está empeñado en avisar lealmente de que esta imperturbable magistrada está empeñada en llevar al Diccionario de la Real Academia, quizá también al Código Penal, un palabro hasta ahora inédito en nuestro vocabulario: el humanicidio. Porque, ¿en nombre de quién o de qué puede un juez impedir que un preso preventivo, en peligro cierto de muerte, pueda recibir los auxilios espirituales de un sacerdote del hospital? ¿Cómo es posible que cercene la ayuda imprescindible de la familia?  Pero, ¿quién se cree usted que es? No es imposible, digo yo, que en un futuro, a lo peor para la señora Rodríguez, un colega aprecie en esta impresentable conducta un tipo penal parecido a la prevaricación. Esperemos. En todo caso, la señora Rodríguez puede saber lo siguiente: su impiedad pasará a los anales como un caso indiscutible de encarnizamiento judicial. Justo lo que nunca debe hacer un juez.  

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