España

Un ‘hostal de bolsillo’ en Barcelona

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Patricia Pujadas tiene solicitada la licencia más humilde de nuevo hotel en la capital catalana, pero la burocracia la está devorando

Tiene el informe favorable del ayuntamiento, pero ahora la obligan a derribar un altillo de seis metros cuadrados

Siempre quiso tener un hotel. Uno pequeño, en el que pudiera controlar todos los detalles. Como la decoración o el trato con los huéspedes. E incluso la cocina, porque esa ha sido su otra gran pasión. Patricia Pujadas está muy cerca de cumplir un sueño. “Desde niña siempre lo he tenido muy claro”. Sin fondos de inversión a sus espaldas, sin una cadena hotelera en su linaje, sin equipo. Ella sola, con el apoyo de la familia, frente a una burocracia y un sector, el del turismo, que no pasa por su mejor momento de popularidad. La limitación de abrir hoteles en el centro de la ciudad aprobada por el gobierno de Ada Colau no le ha afectado porque ella lo quiere cerca de casa, en el casco antiguo de Sarrià. De los 16 proyectos que (supuestamente) tiran adelante en barrios con menor presión turística, el de Pati es el más pequeño de todos. Ha solicitado 10 plazas para las dos habitaciones que tiene previstas en la planta superior de una finca añeja situada junto a la plaza del Consell de la Vila. Ya dispone del informe favorable del ayuntamiento. Pero esto no ha hecho más que empezar. Esta es la historia de Casa Filomena, un hostal de bolsillo. Pero también es la crónica de lo difícil que resulta abrir un negocio en Barcelona.

Pati recibe en el número 95 de Major de Sarrià. La finca fue mucho tiempo atrás vivienda con comercio en los bajos, pero en los últimos años había funcionado como tienda italiana de delicatesen. Parece más una casa que un futuro hostal. Una decoración minimalista, primero, y una cocina con una enorme mesa, más allá. Con una terraza interior y un pequeño baño. Arriba, las dos habitaciones que no reformará hasta que obtenga definitivamente la credencial municipal. Por el momento, el lugar funciona como aula gastronómica. “Necesitaba generar ingresos mientras gestiono la licencia porque el alquiler -que no es precisamente barato- lo estoy pagando desde septiembre”.

A finales de la semana pasada, con este ‘barceloneando’ practicamente cerrado, Pati recibió una carta del distrito que lo ha cambiado todo. Contaba los días para recibir el ‘ok’ definitivo, porque el informe favorable es la antesala de la concreción de la licencia. Pero la misiva le informa de que debe derribar un altillo de seis metros cuadrados para poder pasar el corte. Y no es negociable. Está de alquiler, así que las opciones de que el propietario le permita demoler la pequeña habitación son nulas. “No soy de tirar la toalla, pero esto me ha dejado hecha polvo”. Al parecer, los técnicos municipales estaban por la labor, ya que prevalece una normativa de protección de las fincas antiguas de Sarrià-Sant Gervasi que evitaría destruir ese altillo. Una jurista funcionaria, sin embargo, no lo ha visto así y no ha querido firmar el permiso. Así las cosas, se le abre la vía del contencioso-administrativo, pero está dispuesta a agotar el diálogo para evitar un mundo, el de la abogacía, que hace años que dejó atrás. 

Del Derecho a los fogones 

Pati se licenció en Derecho y realizó un máster de Fiscalidad. Trabajó en el ramo durante seis años. Un gran despacho, un buen sueldo, proyección profesional…, una carrera tan próspera como previsible. Pero a los 30 años lo dejó. “Me dijeron que acabaría volviendo, pero ha pasado una década y sigo pensando que hice lo correcto”. Estuvo dos años formándose en la escuela de hostelería Hoffman. Todo aquel cambio coincidió con el nacimiento de su primera hija, Lucía (10 años), a la que seguirían Bruno (8) y Nico (6). Empezó a trabajar en un pequeño cátering, pero al poco tiempo, con un marido con un empleo que le obliga a viajar con frecuencia, decidió seguir por cuenta propia. “Lo que le pagábamos a la canguro se llevaba buena parte de mi sueldo”. Iba horneando su sueño a fuego lento, siempre con el hostal en la cabeza. Hasta que en el 2015 decidió intentarlo. Se pateó el distrito en busca de un pequeño edificio. Lo intentó en la antigua guardería Tirol, sita en una enorme casa de la avenida del Tibidabo. Pero había otra licencia solicitada a menos de 150 metros y aquello no prosperó. Visitó el registro, picó timbres. Y un día se encontró con la pequeña finca que acabaría convirtiéndose en Casa Filomena.

Inició los trámites. “Jamás había imaginado que esto fuera tan lento. Llevo desde julio con el tema de la disconformidad jurídica del altillo que ahora han resuelto negativamente. ¿No lo podían haber dicho antes? ¿Y es realmente tan insalvable? Al fin y al cabo estoy rehabilitando una finca que estaba en mal estado. Y no busco un supernegocio ni llenar esto de turistas”. Pati dice que no se renidrá, pero los números mandan. Si en verano no tiene la licencia, deberá replantearse si vale la pena seguir en busca de su sueño. Y para algunos, será una victoria: un hotel menos en la ciudad.

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