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Natàlia Castro: “Me fijo mucho en cómo tratamos a quien amamos”

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Su transcurrir profesional muestra cómo el camino se hace al andar, y en nosotros está variarlo

Un trabajo para toda la vida, empleados en un mismo puesto, es ya un bien en extinción. Y tampoco venerado por todos. Hay quien prefiere abrir puertas y aprender en sectores diversos, sacar provecho de la astucia y esfuerzo de cambiar, de la libertad de escoger, decir sí o decir no, de la capacidad de adaptarse, sin complejos ni miedos, sin más que ganas de trabajar. Como Natàlia Castro Serrano (Barcelona, 1974). Quería ser veterinaria porque ama la naturaleza y los animales, pero se quedó a las puertas. Optó por Educación Social, lo amplió con Psicopedagogía y opositó para un puesto en servicios sociales. El mejor trabajo de su vida –dice–, aunque de todo lo que ha hecho después se lleva algo bueno. Viaja, eso sí, con valores que siente que pertenecen al ayer.

¿Quién la contactó con esos valores?

Mi abuelo Vicenç. Era hijo de Ascó pero vivía en Llançà. Fue mi sombra, mi guardián, toda mi infancia, mi ángel de la guarda que, allá donde esté, siento que me sigue protegiendo. Me ayudaba a hacer los deberes y al primer concierto que fui de Sau, él me acompañó. Desde los 6 años, hice clases de vela, Optimist, y por las tardes me iba a pescar con él. A su lado aprendí a conocer y respetar al mar.

¿Progresó en su dominio de la vela?

Sí. Fui monitora de vela y me saqué el título de Patrón de Embarcación de Recreo (PER). Luego me dediqué al surf. El contacto con el mar me apasiona. Y en momentos de duda o tristeza, sentada cerca del mar, sobre todo en Llançà, bajo el pino de la Farella, donde acostumbraba a sentarse mi abuelo, pongo en orden las ideas y llegan las soluciones.

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¿Qué tenía aquel primer trabajo que aún considera el mejor de los que ha tenido?

Por un lado, el horario, de 8 a 15 horas. Era educadora social en el Ayuntamiento de Figueres. Me gustaba mucho escuchar a las personas que me explicaban su situación económica y social y yo las orientaba laboralmente, asignaba programas de alfabetización, y estudiaba posibles ayudas. Era muy gratificante. Claro que entonces había más recursos. Lo dejé porque por motivos personales, me trasladé a Barcelona.

¿En qué se ocupó luego?

Primero vendí cursos de una universidad, hasta que entré como educadora social en centros de Justícia, los CRAES (Centres Residencials d’Acció Educativa) ,con jóvenes. Fue curtidor, duro. Luego hice orientación laboral y profesional para personas desempleadas, en el Institut Gaudí de la Construcció. Y un día, comiendo en un restaurante me fijé en el buen ambiente entre las trabajadoras y Esteve, mi padre, a mi lado me dijo: a ti te gustaría trabajar aquí.

¿Lo hizo?

Sí. Le dije a la responsable que necesitaba un cambio de aires y que no se me caían los anillos. Yo no tengo miedo a comprometerme. Me contrató y estuve muy bien, dos años. Aprendí a ser paciente, a tratar con todo tipo de personas y trabajando con gente majísima. Hasta que un día un cliente que se había fijado en mi actitud en el trabajo, me dijo que en la gestoría de sus hermanas buscaban a alguien. Y allí estoy ahora, aprendiendo toda la informática que no he necesitado hasta hoy.

Un reto tras otro.

Mi bote siempre está medio lleno, y pongo pasión en todo. El horario en el restaurante me permitió cuidar a mi abuela hasta su último día. Para mí luchar no es negativo, es fortalecerse, adquirir herramientas. Pero siento la fortuna de tener mis valores a tope. Eso me ayuda. El cariño que recibí de mis abuelos, hoy reluce en mi estrecha relación con mi madre, y los valores que me hacen sentir a veces, chapada a la antigua: saber ser paciente, no deber nada a nadie, ser responsable en todo, y amar y comprometerme. En mundo donde todo es muy caduco, mi mesura de la persona son el amor y el compromiso. Me fijo mucho en cómo tratamos a quien amamos.

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